CASTEL GANDOLFO. El Vaticano sabe de estrellas.

Roma es un imán tan apasionante que hace olvidar todo lo que hay a su alrededor. Por ejemplo, los Castelli Romani, los “castillos romanos” que salpican las laderas onduladas de los montes Albanos. Castel Gandolfo, situado sobre una cresta que domina el lago volcánico de Albano, es el más famoso. Y con razón: desde el siglo XVII es la residencia de verano de los papas.

Esta costumbre de veranear de los papas la inauguró Urbano VIII y fue aceptada sin problemas por todos sus sucesores. Así huían de los calores caniculares del verano romano, pero también de las pestilencias creadas por las aguas estancadas del Tíber. La gente bien de la capital les copió la idea inmediatamente.

La manera más romántica de llegar a Castel Gandolfo es en uno de esos trenes que salen de la estación Termini y recorren lentamente esta tierra de colinas donde se crea un vino blanco ligeramente espumoso que habrá que probar a la hora de la comida.

Al llegar a Castel Gandolfo, ese imponente conjunto levantado hace cuatro siglos, sorprenden las cúpulas brillantes que dominan el palacio pontifical. Sin embargo los lectores de El código Da Vinci saben perfectamente de qué se trata: forman parte del observatorio astronómico de los papas, donde se desarrollan algunas escenas decisivas de la obra más famosa de Dan Brown.

Muchos papas habían demostrado su interés por la astronomía pero fue León XIII el que, para luchar contra la imagen de la Iglesia como una institución contraria al progreso científico, fundó en 1891 el Observatorio de la colina vaticana, junto a la basílica de San Pedro.

Castel_Gandolfo

Con el tiempo esas instalaciones quedaron obsoletas y en los años 30 del pasado siglo se trasladaron a Castel Gandolfo. En esos años, la Specola Vaticana era uno de los observatorios más modernos de Europa. Sin embargo, el crecimiento de Roma llevó la contaminación lumínica a esta zona. La Specola Vaticana sigue funcionando en la actualidad pero los astrónomos papales – todos jesuitas – trabajan fundamentalmente en los observatorios de Tucson, Arizona.

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Las instalaciones de Castel Gandolfo tienen ese ambiente de otro tiempo, más propicio tal vez para la literatura. En la biblioteca del observatorio hay obras de Copérnico, de Galileo y de Newton. Apostamos a que no hay ninguna de Dan Brown, que ridiculiza en El código Da Vinci el interés del Vaticano de hacer compatible la ciencia con la fe y hacer olvidar la condena a Galileo. Y nos quedamos sin saber si alguno de los jesuitas astrónomos ha leído con atención las páginas de uno de los libros más vendidos de los últimos años.


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