FRASCATI

El dulce encanto de lo cotidiano.

En esta época del año, cuando el ferragosto asoma sobre el horizonte, los romanos de bien siempre han tomado la carretera y han huido a sus cuarteles de verano. Es la scampagnata, la escapada al campo, una costumbre centenaria. Pero los príncipes, ya sea de la Iglesia o de la corte, lo han hecho con estilo y han construido sus buenas residencias. En los alrededores de Roma hay ejemplos extraordinarios, como Castel Gandolfo, refugio de papas, Villa Farnesio, la Villa de Adriano…

Viñedo de Castelli Romani

Viñedos

Cicerón, lord Byron o Goethe eran de otro estilo. Cuando llegaba el calor enfilaban por la via Tuscolana y llegaban a Frascati. Allí encontraban un atractivo especial, el vino local. En el camino ya divisaban los viñedos que cubren las colinas. A diferencia de siglos atrás, ahora muchas de estas viñas se apoyan en pérgolas o en postes de madera, pero el resultado es el de siempre, el llamado “vino de Roma”.

Frascati

Frascati – Villa Aldobrandini

Es la zona de los Castelli Romani, las fortalezas medievales que luego fueron convertidas por los nobles renacentistas en sus fastuosas residencias. Muchas de ellas se encuentran en lo alto de crestas volcánicas, lo que nos da una idea de las características del suelo y, por tanto, del vino que surge de él. Los vinos blancos son frescos, con un toque mineral tan característico. Las cepas de malvasía y trebbiano aportan sus notas únicas, que a veces son complementadas por uvas greco bianco y bombino bianco.

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El frascati ha sido siempre el vino de mesa romano, un vino sin grandes pretensiones, de precio moderado, que se consume en el año. Desde hace muchos siglos es el vino que ha acompañado los ágapes romanos, las fiestas familiares, los banquetes tan sonados de la Antigüedad. En esos tiempos antiguos el vino era completamente diferente a lo que consumimos ahora y estaba mezclado con miel y especias, tal como nos lo cuenta Catón. Pero era ya vino de Frascati, aunque tal vez lo llamaran vino de Tusculum, por el nombre que tenía la población en esa época. En Roma, lo cotidiano nos lleva a la buena vida.

En cualquier caso, el frascati es ese vino que acompaña perfectamente los platos tradicionales como el cacio e pepe, un plato de pasta con pecorino romano y pimienta negra, la prueba más evidente de que se puede alcanzar la gloria gastronómica con un mínimo de ingredientes. Nadie pondrá tampoco pegas a una carbonara o una amatriciana bien elaborada con guanciale (nada de panceta, por favor), la carrillera curada de cerdo, acompañada de un vaso de frascati bien frío. O de dos. La verdad es que al entrar en una fraschetta, las tabernas locales que parecen reproducir el nombre de Frascati, se sabe lo que se bebe, pero no la cantidad.

 


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