Sicilia: Mucha cultura y una de griegos.

Pocas civilizaciones han faltado a su cita con la tierra siciliana, y todas han dejado su huella al tiempo que se nutrían del caldo de cultivo que encontraban al llegar. Un minúsculo brazo de mar, el estrecho de Mesina – apenas tres kilómetros de anchura— la separa del resto de Italia, y pocas veces tan poca agua supone tanto cambio. Siglos de saqueos han dejado en el siciliano un poso de desconfianza que le hace cobijarse en su insularidad y marca su carácter. Y qué carácter. Lo que en el resto de Italia es bastante teatral en Sicilia adopta dimensiones operísticas. Normalmente no conviene exagerar al hablar de la idiosincrasia de los pueblos, salvo de éste. Aquí hay grandes posibilidades de acertar.

En su haber Sicilia dispone de uno de los conjuntos históricos y monumentales más apabullantes de toda Europa. Quien quiera conocer lo que queda de la arquitectura griega debe venir aquí, y vagar con buen rumbo por ese rosario de ciudades a las que arribaron los antiguos griegos en su expansión hacia el oeste. Para ellos, en el siglo VIII a.C., Sicilia era el Far West, un nuevo mundo que colonizar. Grandes hombres griegos, como Arquímedes, eran sicilianos, y Esquilo y Platón llegaron hasta aquí en sus viajes (de hecho, el primero murió en Gela).

Sicilia

Probablemente el mejor conjunto es el que ofrece Agrigento, y por ello es el más visitado. Sin embargo, disfrutar de la caída de la tarde en Selinunte, casi a solas al borde del mar, puede ser un goce mayor. O contemplar el templo de Segesta cuando la tinta de la noche borra tanto la carretera como las instalaciones construidas para vender cafés y postales a los visitantes, se iluminan sus columnas poderosas y milenarias y la soledad consigue crear, con la ayuda de los montes y de los antiguos constructores, uno de los rincones más hermosos de todo el Mediterráneo.

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En cambio, la tranquilidad no existe en Taormina. El teatro griego, y luego romano, no propicia la quietud ni la reflexión, aunque permite disfrutar de uno de los mejores telones del mundo: la silueta del Etna, que con cierta frecuencia deja salir una vaharada de su cráter puntiagudo. Aquí es mejor olvidarse de los griegos y disfrutar de las vistas sobre el Mediterráneo, que puede ser insultantemente azul.

Queda Siracusa, con su gran teatro y las tétricas canteras que, al tiempo que servían para obtener material de construcción, eran unas cárceles gigantescas. El pasado de Siracusa guarda momentos de gran altura, cuando probablemente fuera la ciudad más poderosa de toda Europa y su población el triple de la actual. De siglos posteriores guarda una fascinante mezcla de elementos, desde las helénicas a las barrocas, que hace de Ortygia – la ciudad antigua, enclavada en una punta de tierra – un conjunto desmesurado, incluso para una tierra ya de por sí tendente a la incontinencia.

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